En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco. 

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Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía: Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo? Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo. 

Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!. 

- No vayáis tan lejos -dijo el viejo- Simplemente decid que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?

La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no solo eso sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes. 

 

 

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