Por más versados que seamos en salir de conflictos de manera armónica, nunca dejamos de estudiar pues en el momento menos pensado, nos pasan la prueba y si no estamos atentos, caeremos en las arenas de nuestras emociones, un lugar particularmente complicado de manejar, creo que de esto ya sabes algo. Estas pruebas se ven más claramente en nuestras relaciones cotidianas y en la manera en cómo nos conectamos y comunicamos con otros y más importante aún, con nosotros mismos. Una de las pruebas más comunes es darnos cuenta de lo que tenemos en nuestro corazón, para saberlo, debemos observar la manera cómo nos expresamos y recibimos la información de nuestros semejantes y del entorno en general.
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No se trata de vivir muchos años, se trata de vivir mucho los años que tienes, que por cierto son inciertos y a veces parecen pocos. Desde este espacio se ha insistido en que lo más importante es vivir en el presente pues desgastarse en el pasado o el futuro, tienen consecuencia devastadoras, no solo contra la tranquilidad personal, sino en nuestros cuerpos.
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Comentábamos sobre cómo nos encontramos metidos en situaciones que no nos gusta y de las acciones que, inconscientemente nos mantienen conectados con estas situaciones de inconformidad e insatisfacción, de hecho, son tan fuertes que se nos hace complicado salir de ellas pensando que no existen opciones, pues nuestras razones son más que suficientes, tanto como para mantenernos estáticos evitando hacer más y generar cambios, a simplemente vivir mejor.
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Buscar caminos y respuestas pareciera ser una condición humana muy acrecentada por estos días. Los cambios acelerados mueven a muchas personas a la búsqueda intensa de respuestas, unas que quizás están ocultas tras la fantasía de que estaban resueltas. Basta solo una pequeña crisis para ver como la fe de muchos se tambalea por algún terremoto emocional causado por el cambio de escenario, el cual según los entendidos, apenas ha comenzado.
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Querer saber las cosas puede ser tan adictivo como cualquier droga, la sed desenfrenada de conocimiento a veces pasa desapercibida pues no causa enfermedad física alguna, al menos en apariencia. No se trata de que saber sea malo, sino que el ansia por tener el conocimiento, al igual que en otras áreas de la cotidianidad humana, ocasiona el estrés necesario para culminar con alguna dolencia que tarde o temprano nos afectará en el cuerpo físico.
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