Llega la hora de pisar tierra y darnos de frente contra nosotros mismos. Es bastante lo que se ha escrito en este blog, en internet, en libros, grafitis, etc… sobre el tema de ser mejores personas, a saber: No juzgues; Se paciente; Ama al prójimo y más a tu enemigo; Respira conscientemente; Observa tu proceder; Se consciente; etc., etc… Todas frases y lemas muy ciertos y bonitos para colocar en nuestros muros del FaceBook y retuitearlos cuando alguien, gurú o no, los escribe. Pero a la hora de la verdad, ¿De cada vez que publicamos o compartimos algo, en cuantas nos observamos a ver si estamos practicando eso que predicamos?
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La mente humana parece un lugar sin salida para muchos de nosotros. Vivimos atrapados en el mundo de la ilusión de nuestros pensamientos, y la más grande es creer que podemos controlarlos. Como cuando alguien tiene un vicio y al ser emplazado al respecto dice que lo tiene bajo control, el cigarrillo, el alcohol, las drogas, las excusas, la procrastinación, entre otros. Todos hábitos que lesionan nuestro presente, afectando irremediablemente nuestro futuro.
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Buscar caminos y respuestas pareciera ser una condición humana muy acrecentada por estos días. Los cambios acelerados mueven a muchas personas a la búsqueda intensa de respuestas, unas que quizás están ocultas tras la fantasía de que estaban resueltas. Basta solo una pequeña crisis para ver como la fe de muchos se tambalea por algún terremoto emocional causado por el cambio de escenario, el cual según los entendidos, apenas ha comenzado.
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Honestamente, ¿Cuántas veces escuchamos eso de acallar la mente? Últimamente muchas veces, más de las que quisiéramos. Por otra parte, acallar la mente parece imposible, pues nuestro cerebro está permanentemente generando ideas a velocidades asombrosas, tanto que llegamos a abrumarnos con ellas y comenzamos a ser selectivos dejando aquellos otros pensamientos, los millones a los que no prestamos atención, allí, como cuando dejamos objetos regados por la casa haciendo desorden.
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Querer saber las cosas puede ser tan adictivo como cualquier droga, la sed desenfrenada de conocimiento a veces pasa desapercibida pues no causa enfermedad física alguna, al menos en apariencia. No se trata de que saber sea malo, sino que el ansia por tener el conocimiento, al igual que en otras áreas de la cotidianidad humana, ocasiona el estrés necesario para culminar con alguna dolencia que tarde o temprano nos afectará en el cuerpo físico.
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