Hacer cosas, consideradas como una locura por nuestro sistema de creencias, requiere un nivel de valentía poco común en nuestro comportamiento habitual. Para salir de nuestra área de confort no se necesita de condiciones particulares, solo de la valentía de mirar eso que nos mantiene atados a una vida que en algunos aspectos nos lesiona, casi siempre sin que nos demos cuenta.
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Llega la hora de pisar tierra y darnos de frente contra nosotros mismos. Es bastante lo que se ha escrito en este blog, en internet, en libros, grafitis, etc… sobre el tema de ser mejores personas, a saber: No juzgues; Se paciente; Ama al prójimo y más a tu enemigo; Respira conscientemente; Observa tu proceder; Se consciente; etc., etc… Todas frases y lemas muy ciertos y bonitos para colocar en nuestros muros del FaceBook y retuitearlos cuando alguien, gurú o no, los escribe. Pero a la hora de la verdad, ¿De cada vez que publicamos o compartimos algo, en cuantas nos observamos a ver si estamos practicando eso que predicamos?
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Por más versados que seamos en salir de conflictos de manera armónica, nunca dejamos de estudiar pues en el momento menos pensado, nos pasan la prueba y si no estamos atentos, caeremos en las arenas de nuestras emociones, un lugar particularmente complicado de manejar, creo que de esto ya sabes algo. Estas pruebas se ven más claramente en nuestras relaciones cotidianas y en la manera en cómo nos conectamos y comunicamos con otros y más importante aún, con nosotros mismos. Una de las pruebas más comunes es darnos cuenta de lo que tenemos en nuestro corazón, para saberlo, debemos observar la manera cómo nos expresamos y recibimos la información de nuestros semejantes y del entorno en general.
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Sentirse culpable de algo tiene serias consecuencias sobre nuestras vidas, opacan nuestra visión del mundo, nos hace llevar pesadas cargas que complican nuestro andar y nos colocan en una de las posiciones más cómodas para las personas, la de víctima. Cuando estamos siendo víctimas no tenemos la oportunidad de mirarnos con amor y permanecemos viviendo en la autocompasión.
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Querer saber las cosas puede ser tan adictivo como cualquier droga, la sed desenfrenada de conocimiento a veces pasa desapercibida pues no causa enfermedad física alguna, al menos en apariencia. No se trata de que saber sea malo, sino que el ansia por tener el conocimiento, al igual que en otras áreas de la cotidianidad humana, ocasiona el estrés necesario para culminar con alguna dolencia que tarde o temprano nos afectará en el cuerpo físico.
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