Lectura recomendada

Hoy tengo invitados especiales, he preparado mis mejores platos, puse el mantel que me regaló mi abuela paterna, un mantel de tela fina, blanco y calado con la paciencia que tiene quien sabe, que el resultado de tan meticuloso trabajo, vale la pena. 

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Sobre el mantel, la vajilla que dio mi abuela materna,   como gesto de su amor y de desprendimiento de aquello que algún día fue valioso para ella. Escogí mi atuendo con esmero y me vestí emocionada,  cual quinceañera en su primera cita, con el chico que le lleva por las nubes. 

Ahora todo está listo para recibir mis invitados.  Primero llegó Matías, muy delgado y circunspecto, vestido de manera impecable con una camisa blanca, pantalón, corbata fina y flux negro.  Al verlo, me acerqué a él, mi leal compañero.  Siempre a mi lado, protegiéndome. Recordé como estaba junto a mí desde mi infancia, se sentaba a mi lado en cada examen desde la primaria hasta la universidad. Me acompañaba a las fiestas. Incapaz de abandonarme en mi primer trabajo.

Todos estos recuerdos pasaron por mi mente al recibirlo.  Al llegar le tomé las manos,  al mismo tiempo  di un paso hacia atrás,  para verle el cuerpo entero,  le miré a los ojos. Luego me acerqué lo abracé tan fuerte como pude,  finalmente lo recibí, ya no era él quien estaba conmigo, ahora yo estaba con él.  Lo acompañé hasta la mesa para los invitados especiales.

Apenas había recibido a Matías, mi hermana, quien me ayudaba con este agasajo, se acercó a mí para decirme que había llegado Renata.  Me dirigí a la puerta, imposible no verla, es muy diferente a Matías.  Renata es voluminosa, extrovertida. A distancia podía escuchar su voz, pues hablaba muy alto, más bien gritaba,  gesticulaba mucho. Era vehemente. Venía con traje rojo escarlata,  escotado y ajustado a la cintura.  Su pelo negro y largo recogido en un moño un tanto desordenado.  Su presencia intimidaba.  Me acerqué sonriéndole,  sintiéndome un tanto culpable, pues,  a pesar de acompañarme desde mi niñez, en realidad no lograba aceptarla tal como era, me avergonzaba de ella. Quería ocultarla, aparecía cuando menos me esperaba, dejándome mal parada.  Pero hoy, era mi invitada especial, al llegar a la puerta me aproximé a Renata, quien era mucho más alta y fuerte que yo, y la abracé fuerte,  un abrazo que en realidad era una petición de perdón por rechazarla y avergonzarme de ella.

Ella pareció sorprenderse, pero no fue menor mi sorpresa, pues al abrazarla con fuerza, sentí como poco a poco se transformaba, parecía empequeñecer, ahora sentía que abrazaba a una , tierna, frágil y dulce niña.  Al terminar mi abrazo y distanciarnos, Renata permanecía callada, su rostro se había relajado y sus movimientos ahora eran suaves. La conduje sin decir palabra a la mesa donde estaba Matías. Al llegar a la mesa y presentarlos, se miraron como cuando se encuentra a alguien que resulta conocido, pero que aún,  no se logra recordar quién es. Matías con un gesto  le ofreció la silla a Renata, quien se dispuso a sentarse, y  allí les dejé a los dos compartiendo la velada.

Al alejarme de la mesa y mientras saludaba a algunos amigos, algo me hizo mirar hacia la puerta, allí estaba ella, mi eterna amiga y compañera de mi infancia.  Teresa S. Era esbelta, traía sus cabellos recogidos en un moño y venía vestida con un traje y zapatos beige, cartera dorada. Se veía hermosa. Estaba parada justo en la entrada,  sola, buscándome con la mirada.  Al verla me aproximé a ella, y sin decir palabras la abracé, recordando las veces que me había acompañado, desde muy niña.  Como estaba junto a mi y extrañaba compañía, cuándo no había quien me escuchara,  ni con quien ir tras aquellos sueños anhelados.  Ella me contaba cuentos, me llevaba a viajes imaginarios al mundo donde todo era posible.  Escuchándola me deleitaba tanto, que rara vez sabía dónde estaba.  La abracé con fuerzas pues gracias a ella, me conocía a mí misma,  de ella venía el coraje, la inquietud, la búsqueda, las preguntas, gracias a ella ahora  podía invitar a mis amigos y recibirlos. Cuando abracé a Teresa S, sentí que me fortalecía al mismo tiempo que percibía su satisfacción,  tal como la que se siente cuando se termina un trabajo y la labor está cumplida.  Ella sabía que nos seguiríamos encontrando pero, que después de este encuentro, ni ella ni yo seríamos las mismas.

Abrazadas, caminamos hacia la mesa donde estaba Mátias y Renata, quienes al vernos llegar se levantaron y caminaron hacia nosotras, nos abrazamos de nuevo en silencio, fue entonces cuando llego una ALEGRÍA chispiante como la copa de champaña que traía en su mano, inundó todo el ambiente con su presencia,  entonces  celebramos aquel encuentro, ese día que decidí homenajear mis amigos, el Miedo, la Rabia y  Triste Soledad. Desde entonces cada uno me visita de vez en cuando, nos tomamos un café, para luego despedirnos, hasta el próximo encuentro inesperado.

 

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